El talento no tiene género, pero los espacios aún sí: Cuando una industria decide cambiar desde dentro

La industria forestal en Chile sigue siendo, en esencia, un espacio masculinizado. Según el último reporte disponible al 2022 elaborado por CORMA, la participación de mujeres alcanza un 17,5%. La cifra no sorprende, pero sí interpela: no solo por lo que muestra, sino por lo que aún no hemos sido capaces de transformar.

Cuando ingresé a este sector el 2024, encontré algo que no siempre se visibiliza y que además me sorprendió ver: Una voluntad real de personas, de equipos y empresas, por hacer las cosas distinto y de cuestionar prácticas históricas, de abrir espacios, de entender que incorporar más miradas no es una concesión, sino una oportunidad concreta de mejorar. Esa convicción no siempre es masiva, pero cuando aparece, se vuelve motor.

Por otro lado, entendí rápidamente que este no es un camino que se pueda recorrer en solitario. Si queremos avanzar hacia entornos más equitativos, es necesario ampliar la conversación e involucrar a quienes hoy ocupan la mayor parte de los espacios de decisión: los hombres. Muchas veces, las conversaciones sobre “género”, que en el fondo son conversaciones sobre equidad, generan distancia o incomodidad para muchas personas, ya que se suele creer que solo es una conversación de las mujeres. Y aquí hay una idea clave, pues no es un desafío de las mujeres, es un desafío de la sociedad. Y en el mundo del trabajo, es también un desafío organizacional.

Los entornos laborales que avanzan en equidad no solo benefician a un grupo específico, mejoran para todas las personas, se vuelven más sostenibles, más diversos en pensamiento, más capaces de adaptarse a los cambios que hoy exige el entorno.

Nadie ha dicho que sea fácil, y con certeza puedo decirlo, pues hablar de estos temas no es sencillo, menos en industrias con trayectorias tan arraigadas. Pero basta con que exista una persona, dispuesta a cuestionar, a abrir espacio, a empujar cambios, a escuchar y a aprender, para que algo comience a moverse. Y cuando eso ocurre dentro de organizaciones que ya están desafiadas por innovar, por ser más sostenibles y por responder a nuevas exigencias, se abre una oportunidad relevante de incorporar todos los talentos disponibles.

Porque de eso se trata finalmente, de entender que el desarrollo de cualquier industria, requiere de más capacidades, más miradas y más experiencias. Limitar eso, consciente o inconscientemente, es también limitar su potencial.

Por supuesto, queda mucho por avanzar. Como en tantos otros sectores, los cambios son graduales, muchas veces tensionan estructuras existentes o vienen del impulso de políticas públicas. Pero hay un elemento que resulta especialmente significativo en la industria forestal: gran parte de este impulso está naciendo desde el propio sector, desde gremios, empresas y equipos que han decidido poner el tema sobre la mesa, no como una obligación externa, sino como una convicción interna. Eso cambia la conversación.

El mundo forestal ha ido entendiendo que los desafíos son profundamente culturales. Tienen que ver con cómo nos relacionamos, cómo tomamos decisiones, cómo diseñamos espacios de trabajo y qué entendemos por desarrollo, sostenibilidad y competitividad. Son cambios que atraviesan tanto a la sociedad como a las organizaciones, y que requieren tiempo, consistencia y voluntad.

En el último año y medio, participando activamente en estos espacios, he visto que la conversación se está moviendo. Aún no es suficiente, pero está ocurriendo. Y en un sector con tanto potencial de crecimiento, innovación y sostenibilidad, eso no es menor. El desafío ahora es sostener ese impulso. Porque avanzar hacia una industria más diversa no es solo una aspiración: es una condición para su futuro.

Paula Valencia Sánchez, Directora Ejecutiva de Rediversas

Scroll al inicio